lunes, 26 de noviembre de 2012

— ¿Alguna vez has experimentado esa sensación irónica de aparente carencia de sentimientos? Es algo tan fuerte que el frío que impregna todas esas eternas noches de invierno se comprime y consigue apoderarse de tu cuerpo. Una sensación que va más allá de encontrarse sola en un mundo rodeado de personas. La gente que intenta comprenderlo, se equivoca. Cada uno es una ola espumosa del mar: ninguna es igual, pero todas llevan al mismo lugar, todas se acaban rompiendo, ¿no? No importa de qué manera o en qué momento. Algunas jamás se recuperan. Y eso, precisamente, es lo que quiero que entiendas. Que por mucho que alguien intente, o quiera verte arreglado, completo, si tus propias lágrimas te siguen hundiendo bajo tu propio paraguas, estás acabado.
Yo no recuerdo esa primera vez que decidí plasmar mis sentimientos bajo mi piel. Lo que ahora es un simple cicatriz, antes fue un sentimiento. ¿Increíble? Yo no utilizaría ese término precisamente. Un día te despiertas y te das cuenta de que, si en tu mano estuviera, no habría sido precisamente así cómo te hubieras creado a ti mismo. ¿Por qué? No hay ningún motivo aparente, te miras en el espejo y no ves nada. Un espectro que viaja con una carga de soledad encima, de sin sentido. Lo que sentí la primera vez que me consideré lo suficientemente fuerte como para dañarme no puedo expresarlo con palabras. Eso sí, te digo que tienes que ser valiente, valiente para aforntar un dolor físico que, no es que sea grande, es que luego pesa. Pesa y te atrae hacia el suelo. Porque ahí es cuando precisamente te das cuenta de que te encuentras en una situación tan desesperada que te entiendes todavía menos, si es posible. A partir de ahí las cosas fluyen, toman su propio curso, tú no tienes nada que ver: un día porque tu madre te ha dicho que no eres tan bueno como deberías, otro porque alguien te ha insultado, y otro porque...porque necesitas desahogo. Sí, deshagorase, creéme, no se consigue solamente con palabras. Te sientes a la vez tan libre y a la vez tan decepcionado por no saber cómo reaccionar a todo lo que pasa por tu cabeza...Comienzas a tapar cada parte de tu cuerpo, a intentar deshacer todas esas recaídas, todas esas ganas de agarras un simple objeto y crearte sangre, de ver como ésta brota de tu cuerpo, caliente, libre...sin ningún problema. Y deseas ser como ese brillante líquido que se coagula poco a poco, y se amontona en grandes y diversas gotas.
Al final te acabas despertando cada día con el deseo de que al día siguiente puedas sentirte acompañada por todas esas cantidades de líquido rojo. Jamás pensando en cómo llegaste a esa situación. Te consume, te controla. Lo que pensaste que algún día solo serían unas marcas, hoy se ha convertido en tu propio cuerpo. A medida que quieres abandonar esta "faceta" de ti, mucho más deseas hacerlo. ¿Por qué? No lo vas a tenender nunca. No si no lo vives.
— ¿Me estás diciendo que...?
— No te estoy diciendo nada. Esta es mi historia. Y creéme que ni siquiera he empezado a contarla...

2 comentarios:

Andrea Santana dijo...

Me gusta muchísimo tu blog,e esta genial. Enhorabuena.

Espero que visites el mio: http://leerimaginarescribir.blogspot.com.es/
Y que me aconsejes.

BSS.

Carla Sempere dijo...

Muchas gracias a ti.
Acabo de ver esto ahora mismo, desde Diciembre, wa. Me paso por el tuyo <3